Hombres necios que acusáis…putas y a mucha honra.

Estimado lector,

estaba leyendo una antología de poesía española online (sí, ¿qué quiere?, otros en ese mismo instante estaban chupando candaos o viendo una gala de Gran Hermano, ¿qué pasa?) y me ha llamado poderosamente la atención un poema de Sor Juana Inés de la Cruz (1648 – 1695). Para quien me tache de anticlerical, hoy se darán cuenta de que cuando tienen razón se la doy.

Todo esto viene al hilo de un post en el blog de Chapi Escarlata, en el que suelo entrar, titulado Putas y a mucha honra. Tanto suelo entrar que a lo mejor el primer comentario es mío.

Chapi, se me olvidó decirte que la facilidad con la que sale la palabra puta de la boca de un hombre tiene dos causas principales (aunque supongo que ya lo sabes): que no le dejaran mojar el churro (despecho breve y contundente: ¡puta!), o que después de dejarle mojar el churro la tipa en cuestión no se enamorara de él y prefiriera seguir de flor en flor (despecho sentido y breve: ¡puta!).

Pero mejor que yo, y esto es lo sorprendente, te lo explica una monja del siglo XVII; repito, una monja del siglo XVII.

Una caja de condones con sabor a menta…7,95.  Vibrador anal…45,99. Una noche de locura en tu puticlub de confianza…2.000 euros. Que una novicia muerta hace más de 300 años tenga que poner los puntos sobre las íes…NO TIENE PRECIO.

Hombres necios que acusáis – Sor Juana Inés de la Cruz.

Arguye de inconsecuentes el gusto
  y la censura de los hombres que en
  las mujeres acusan lo que causan

  Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

   si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

  Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

  Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.

  ¿Qué humor puede ser más raro
que el que falta de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

  Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

  Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata
y si os admite, es liviana.

  Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

  ¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?

  Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos enhorabuena.

  Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

  ¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

  ¿O cuál es más de culpar,
    aunque cualquiera mal haga:
 la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

  Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

  Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

  Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

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